Hugo , amigo y eterno NIÑO

Acicalado con una corbata pasada de moda y un paletó raído por las implacables mordeduras del tiempo aparece el Hugo cada mañana en Rengo. La vereda sur de la calle Urriola se llena de fiesta mientras él avanza dejándose querer por el pueblo que le regala afectuosos saludos de buenos días.

La gente lo aplaude, lo mima, y se entrega cómplice a sus bromas repetidas...de circo añejo. Sus palabras frágiles y redondas revientan como pompas de jabón antes de encontrar el camino correcto dejando una enigmática sensación en el oyente, que busca traducir la jerigonza simpática de este niño de cincuenta años.

 Toda la ceremonia transcurre sin sobresaltos hasta que el Cachi le grita, “cuñado”, desde la oficina de la funeraria, y medio enrabiado y medio en broma, el Hugo saca una tarjeta amarilla, heredada de su padre, y lo amonesta por degenerado.

Pero este personaje bondadoso olvida rápido ese estresante momento de burla, y sus ojos vuelan como dos golondrinas traviesas, subiendo y bajando una montaña rusa de sensaciones, y sin saber cómo y por qué, de inmediato se raja la garganta cantando algo parecido a una canción, en un despliegue atlético, chancero y zumbón que saca aplausos en el improvisado auditorio, que lo deja sin respiración por un instante. En forma de pago, por su talento lirico, una familia antigua del barrio lo invita a desayunar a su casa.

 Luego de este opíparo banquete mañanero sigue desplegando sus poderes mágicos con su imaginación  parvularia que vuelve maravilloso y fantástico cada objeto y persona que toca. Para él, Rengo es un gran juguete que le pertenece con todos sus árboles, cachivaches y habitantes. Se disfraza de bombero, locutea en las radios, inspecciona los bancos, se sube a los colectivos y después de varias vueltas se baja en el mismo lugar haciendo la hora para entrar como una estrella del fútbol profesional al estadio, escoltado por aplausos que crujen como miles de hojas secas.

Esta tarde de sábado en el Guillermo Guzmán Díaz, emperifollado de futbolista, aleonado por la multitud, el Hugo tantea la pelota con sus manos como un experto que calibra el peso de la esférica para imprimirle la potencia precisa. La acomoda con cuidado en el punto penal, y toma una distancia exagerada llegando casi a la mitad de la cancha. Si pudiera arremangarse los pantalones cortos hasta el cuello lo haría, pero sólo alcanza a subirlos hasta el ombligo. Escucha un silbato y comienza su carrera frenética de Rocinante envejecido hasta que puntea casi sin aliento ni fuerza el globo de cuero, que se desliza indolente por el verde césped cruzando con mucho esfuerzo la línea de meta. La diana convertida por obra y gracia de su pierna derecha desata la algarabía unánime de los hinchas en el entre tiempo del partido. Su gol es el más aplaudido de la tarde. Su alegre locura provoca el milagro de hacer reír unidos a los vesánicos rivales, que hace poco ni siquiera se dirigían la mirada y se deseaban una mutua desgracia.

 

 

Al final de la noche el Hugo se atraganta con un sándwich de potito y una bebida azucarada regalada por el cariño anónimo de un hincha. Ve pasar al Monoko y le pregunta cuándo puede ir a grabar a la radio un saludo para su hermano Rafael que lo mira del cielo. El comentarista deportivo le responde que mañana. En la pasada me pelotea con un sentido abrazo y me dice, te quiero mucho Luise, yo también te quiero mucho Hugo, pero me llamo Ulises, y él otra vez se equivoca balbuceando , si se Luise, amigo mío.

Al final se apagan las luces del estadio, y el Hugo, agotado de tanto vagabundear, camina lento por las sombras del mercado. A lo lejos me grita,” dónde juega Deportes Rengo mañana”, y si lo podemos llevar.

No importa dónde jueguen Hugo, en esa cancha siempre vas a estar.

 De seguro no entiende lo que digo, mientras tanto sigue caminando este héroe atrapado en una niñez perpetua, hasta perderse en el misterio de la noche renguina